|
Edgar E. Ramírez
Puerto Rico
Descarga VI. (Todas las ciudades)
Todas las ciudades
todas las metrópolis,
funestas manzanas sonrientes,
atravesadas por un dolor muy largo,
-Roma de Petronio y de Fellini-
sus lóbregas entrañas:
hervidero de gusanos, hormigas ciegas,
el motor de alguna máquina, llanto.
El encuentro en las esquinas con el desconocido
que tiene una nueva religión entre sus manos,
los narcómanos con ojos callosos y dedos de neón,
los borrachos de cara limpia y corazón arrugado;
toda esa multitud de pobres y esclavos anudados a la calle,
y las olas de un furioso mar de sueño
sobre los débiles edificios alumbrados.
Todas las ciudades sin ángeles,
llenas de palomas furiosas y humo gris de escondidas chimeneas;
ríos de sangre y esperma se mezclan a las aguas obscuras
de los alcantarillados, poblados de ratas y cucarachas tenaces;
antros perfumados de las noches, saben sus mitologías,
con juglares y saltimbanquis de babeles de cuento.
Cada soledad es un nido de serpientes,
soledad de la niña que nos dice: ¡no te amaré!,
hasta que no juntes mis tobillos a la altura de mis trenzas;
-soledad de ajadas colillas en los ceniceros-
la loca competencia de piernas, sexos, lenguas en espiral,
el frío de esa piel, de ese hule especialísimo quema los sentidos.
¡Ah!, esas estupendas necrópolis y esos soberbios hospitales
donde la esperanza sube, como árbol ancestral,
contra un cielo de blancos algodones.
La ausencia feroz de la vida entre multitudes heladas,
los parques con aros perseguidos de niños rabiosos,
las estatuas y aquel pavo real de la indolencia;
los viejos en sus bancos, el libro del amigo
y del amado que no leyeron, Eva y Martín,
antes de dejar un corazón atravesado.
Las ciudades duras y obstinadas, músculos del mundo,
-trompo de un dios extraterrestre-
que no cesa de rodar sobre un sol de arenas inflamadas,
seductoras ciudades de mi corazón negro y caliente;
cuando la lluvia las borra,
la limpia canción de los ríos musita: Mi amado las montañas
y aquel caballo blanco, ofrendado a Orfeo,
vuelve a acercarse hacia el poeta en su noche.
¡Ay, todas las ciudades asesinas!,
espigas y alientos expiran bajo sus ruedas
de rudo poder y cruel inocencia;
desdibujando el dolor, floresta silvestre y vulgar
de aleros y cornisas de bancos, sinagogas y catedrales de hierro,
-silenciosos arcos atraviesan sus costados
y trenes nocturnos recorren sus venas-
multitudes de voces y artistas del hambre
llenan sus mudas aceras, frente a sus anuncios
y el vómito de las computadoras al cerrar las oficinas.
Mientras los baños se pueblan de anhelos
y poemas, el público anónimo
no cesa de reír escandalosamente
en su brindis diario de Noche Vieja.
Mientras pasa el cortejo de siniestras pistolas,
lustrando los afilados colmillos de los tiranos,
se suma hoy, al clamor de los capullos de las rosas,
toda la peste a pobre de las guaguas de la AMA
y explotan granadas rojas y amarillas:
¡una nueva primavera!,
¡una nueva primavera!,
una nueva primavera
para todas las ciudades de mañana
agujas de cristal al horizonte.
|